dilluns, 14 de novembre de 2011

Mi inseminación (21): Ciberrelaciones, calvicies y fantasmas...

Pero comienzas a darle vueltas. Tal y cual lo han hecho, y les ha ido muy bien. Y se entra en la fase de autoconvencimiento: es una manera como cualquier otra de conocer a alguien, quien está en Internet está en la calle, se trata de la misma gent que hay en el autobús, en las bibliotecas, en las tiendas, en los restaurantes... ¡Pues adelante! Pero pongámosle un poco de “glamour”. Nada de un chat cualquiera donde entra todo el mundo y la gente hace un montón de faltas de ortografía y dice un montón de burradas y van demasiado pasados de vueltas. No, no... ¡páginas de pago! Que una tiene estilo y clase, y en una página de pago no entrará qualquiera sino gente que tenga las cosas claras, las ideas ordenadas, clase, principios...
Pasamos los requisitos previos de número de cuenta, solicitud de todo tipo de datos... ¡y un mundo se abre ante nosotros! Un mundo de hombres muy guapos, la mayoría, en todo caso atractivos (si no ponen la foto es lo que dicen que son), con un nivel alto de estudios y con unos trabajos interesantísimos.
Madre mía, una no sabe ni por donde empezar... Pero mejor ir chafardeando... Poco a poco... Ostras, qué nervios, de verdad, no sé por dónde empezar... ¿Qué es esto? Un correo electrónico en mi buzón de entrada? Hmm... aja... vaya, uno que me dice que le parezco muy interesante, pero que tendría que poner una foto. Pero, ¿y si pongo una foto y me encuentro que alguien me reconoce? ¡Dios mío, qué vergüenza! Mejor pasar, este lugar está lleno de hombres, habrá otros que no me querrán conocer por la foto, sino que les gustará cómo soy por dentro. Y esto me hace pensar... quizás yo también tendría que dejar de pasar de los que no tienen fotos, y no ignorarlos, porque quizás les pasa como a mí ¡Sí, démonos todos una oportunidad!
Y así entras en una rueda de hombres que, con unos intercambios de palabras a través del correo electrónico, te acabas dando la dirección de Hotmail, porque es mucho más cómoda, y acabas teniendo unas largas charlas interesantísimas en el Messenger, de esas que ni siquiera has tenido con tu mejor amigo, de esas que hacía tiempo que echabas de menos, conversaciones profundas. Charlas hasta bien entrada la madrugada, aunque esto implique que llegues tarde al trabajo por la mañana, porque estás mejorando tu calidad de vida: te estás abriendo socialmente, aqunque una pantalla de nada te separe, estás conociendo personas que son de todo menos superficiales, les explicas tus grandes secretos, tus penas y tus alegrías, y ellos te explican las suyas, unas historias a veces increíbles, llenas de “sinceridad”... Por la mañana estás en el trabajo y, de repente, te acuerdas de que no hace muchas horas hablabas con aquella persona tan especial, y se te dibuja una gran sonrisa en la cara. La gente te ve diferente, piensa:
- Uy, se está enamorando, está diferente, y parece que tenga secretos... - Lo ves en sus ojos, saben que alguna cosa te pasa.
Y llega un día, un gran día: el intercambio de móviles. ¡Y por primera vez escuchas su voz! ¡Qué emoción! ¡Qué voz más viril! ¡Qué suerte he tenido! ¡De entre todas las muejeres de la página de contactos, me ha escogido a mí! Y ya está el terreno preprado para el próximo paso: quedar.
- Te pasaré a buscar por casa.
Esta frase no te acaba de convencer, porque entonces recuerdas que te han aconsejado no dar el teléfono móvil (cosa que ya has roto), no dar tu dirección y no comer espinacas si quedas para comer o cenar (porque queda horroroso ver aquellas cositas verdes entre los dientes); siempre es mejor quedar en un lugar céntrico y con mucha gente. Así que, intentando no ofender sensibilidades, dices que tienes que hacer un recado por el centro y que nos vemos mejor por ahí. Y dicho y hecho. A las seis de la tarde en el café tal. Y aquel día ya te despiertas con las famosas mariposas en el estómago (¿O quizás gusanos porque en el fondo no te acabas de sentir tan a gusto? ¿Cómo es que tengo este regusto amargo?) e intentas estar sensual, pero sin provocar, elegante, pero con naturalidad; y has ido a la peluquería, pero pidiendo al peluquero que te haga un peinado que no se note que hayas pasado por la peluquería. No puedes ni comer aquel día por los nervios... ¡y ya ha llegado la hora! Estás en el lugar en punto, te da la sensación que todo el mundo te mira y, de repente, un auténtico extraño te dice:
- ¿X?
Y tú:
- ¿Y?
Y resulta que tienes ante tí, si te fijas mucho y pones gran interés, alguien que se parece al de la foto del Messenger, pero con veinte años más. Y tú no quieres ser maleducada, pero tienes muchas ganas de preguntar:
- ¿Dónde están tus cabellos? ¿Se te han caído de repente al verme?
E inconscientemente miras al suelo por si, por milagro, los pelos están por el suelo. Pero no. Hace mucho tiempo que aquellos cabellos han dejado de existir. La mala leche se va apoderando de ti. Te sientes estafada por aquel hombre que te mira diciendo:
- He ligado con una de treinta, yo, que casi tengo un pie en la jubilación – con los ojos medio desorbitados.
Pero como somos de la generación que tenemos respeto por la gente mayor, nos dejamos invitar a un café y escuchamos las chorradas más grandes que jamás hayamos oído:
- Que si me encuentro que las mujeres mentís mucho, que decís que pesáis cincuenta quilos y pesáis cien, que si ponéis fotos y después resulta que tenéis veinte años más que en la foto, bla, bla, bla...
Y tú te vas imaginando insultándolo, diciéndole de todo, lanzándole el refresco encima... Pensamientos de aquellos que te hacen ir aguantando la conversación. ¿Dónde están las grandes charlas de hasta entonces? ¿Dónde quedab las conversaciones profundas que teníamos en el Messenger?
Llega el momento de despedirse e insiste en ir a cenar, que te invita a una cena cerca del mar. Durante un segundo estás a punto de ceder, al menos una cenita gratis. Pero no, de tu boca sale toda tu mala baba:
- Mira, siento decirte que a mí me está esperando en casa mi pareja, que es una mujer... es que soy lesbiana, ¿sabes? Y psicóloga, y estoy haciendo un trabajo sobre parejas que se conocen por Internet.
Das media vuelta y te vas dejando al mentiroso con cara de animalito abandonado y pensando:
- Esta noche no mojo.
Y esto es el inicio de un montón de situaciones similares o muy peores. La realidad supera la ficción. Por dos o tres personas “normales” que encuentras (no entraremos a discutir qué es o no normal; sencillamente, personas que se parecen a uno mismo, que comparten gustos, que intentan mentir lo menos posible, y que están tan solas como tú y quieren hacer amigos, aunque sólo sea por amistad) quince o veinte que no tienes más remedio que nombrar “frikis”. Conoces supuestos médicos, abogados, jueces, investigadores, que al cabo de un tiempo se han vuelto a dar de alta y ni siquiera recuerdan que han hablado contigo, y el médico ahora es escritor, o incluso está en el paro, porque está haciendo pruebas ya que piensa que las mujeres somos tan superficiales (¿lo somos?) que si los hombres están en el paro o son tristes camareros, no contactan con ellos. Pobres mentirosos... Y algunos... ¡pobres tacaños! Es que es la diversidad en forma de ejemplares masculinos. Tanto te encuentras al que saca la cartera y se te presenta con el último modelo de BMW descapotable, como el que se te presenta con los zapatos del abuelo, de cuando era joven, y no mete la mano en la cartera ni que lo maten. Al final acabas pagando, aunque ha tomado tres consumiciones y tú sólo una (pero no pasa nada, somos la generación de la igualdad entre hombres y mujeres...), y entonces te dice, una vez te han dado el cambio:
- El próximo día pago yo – con una cara de tonto que no se aguanta.
Y a este ya no le dices que eres lesbiana, a este le dices directamente que te has aburrido tanto que no habrá una segunda vez, y que él y su yo tacaño se pueden ir a freír espárragos, juntitos, cogiditos de la mano.
¿Y los fantasmas? Siempre recordaré un conocido que decía que los únicos fantasmas que conocía estaban vivos. Yo llegué a la conclusión de que sí, que esto era verdad y que un tanto por ciento muy elevado estaba en las páginas de contactos. Porque acabas pensando: a ver, yo soy humilde, admito mi soledad, por esto estoy aquí. Pero cuanto te llega un fantasma con un Mercedes, camisa de marca con jersey puesto encima de la camisa como reviviendo el video de “Amo a Laura pero te esperaré hasta el matrimonio”, que te mira con cara de decepción porque no te has puesto el último modelo de Christian Lacroix (sí, hombre, aquel diseñador que todo el mundo. cualquier bolsillo, tiene en el armario) ni te has tirado por encima un litro de Chanel nº 5 y, además, te está metiendo el rollo de los muchos amigos que tiene, y las muchas novias que ha tenido, pero ahora busca alguna cosa diferente... es que alucinas. Hay gente que, verdaderamente, te deja sin palabras.
Y la mentira... cuántas veces has llegado a leer en el Messenger:
- Yo soy sincero, y me gusta mucho la sinceridad.
Y en el primer encuentro te suelta que está casado, o que sigue enamorado de su ex. Y tú le dices:
- ¿No eras tan sincer?
Y te contesta:
- En aquel momento lo sentía así. Pero pasaba por un mal momento – esto acompañado con cara de cachorrito.
¡Ah! De acuerdo, estonces nada, no pasa nada que hayas estado jugando conmigo, que te haya servido de cojín para dar puñetazos; aquí estamos, para servir a todos los desequilibrados que saben muy bien qué palabras utilizar, qué hay que decir para quedar bien, pero que no tienen ni idea de sentimientos ni de respeto. Reflexionas, y te das cuenta que te da rabia que te hayan engañado. En pocos dies, cara a cara, te has ido decepcionando, aunque el dolor del engaño siempre hace daño. Pero a corto plazo, ya que era prácticamente un desconocido.
También puede ser que saques un buen amigo de todo esto, y te explique cómo viven estos encuentros ellos con las mujeres. Ellos también viven las mentiras, aunque las mujeres también tenemos la palabra “sinceridad” en la boca todo el tiempo. Parece que las mujeres acostumbramos a no ser sinceras en el tema del peso y de la edad, ni de lo que queremos encontrar. Me explicaba este amigo que a él lo que más le asustaba era cuando supuestamente encontraba una chica tranquila y con ciertos valores, y que después se pasaba la cita insinuándose descaradamente, lo que chocaba un poco con el concepto que él tenía y, según él, no lo había pasado muy bien. Esta misma persona conocía casos de chicos que también se habían sentido decepcionados o engañados en muchos otros aspectos.
Supongo que con una pantalla de por medio, hombres y mujeres podemos ser lo que queramos, e incluso podemos creernos con el derecho de engañar y tomar el pelo a quien sea. Habrá quien entrará en estas páginas porque lo encuentra un recurso más para encontrar pareja, para acabar con la soledad, y entrará con la mejor intención del mundo, con ilusión, con la esperanza de encontrar gente que vaga la pena. Personas que prefieren Internet a una discoteca porque “la gente va a lo que va”. Habrá quien tenga suerte y encontrará buenas personas, amigos, incluso compañeros. Pero para otras será una desilusión, una pérdida de tiempo, un desengaño más en sus vidas, porque la soledad se vive de muchas maneras. Según algunos datos, estas páginas tienen millones de usuarios en el mundo, y esto es una realidad social: un montón de personas intentando conocer gente a través de Internet, cada una con sus motivos, aunque uno de ellos sea el aburrimiento. Atrás quedan aquellas famosas agencias matrimoniales casi elitistas de antes del “boom” de Internet y las relaciones cibersociales.

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