dimecres, 9 de març de 2011

Siempre están

La última vez que pensé en la muerte y en seres queridos estaba en la consulta de un médico.
Había dejado atrás el dolor que se siente en un velatorio, en el funeral, en el entierro de una persona tan querida como es un padre, un abuelo, una abuela. Recibir el pésame de amigos, familiares, conocidos y desconocidos, palabras a veces de consuelo, a veces no. Sentir que no puede ser que esté ocurriendo, vivirlo como en otra persona, como una película, una pesadilla…
Pero hacía unos meses que tenía los sentimientos a flor de piel. Había tomado una decisión importante en mi vida, una decisión que cambiaría mi vida radicalmente, y empecé a tener sensaciones, recuerdos, que me ponían la piel de gallina, pero que, a la vez, me hacían sentir bien, como una intuición, como si algo o alguien me dijera que estaba tomando la decisión correcta.
Cuando ya supe qué hacer, cuando hube tomado la decisión, cuando supe que era el momento y que lo ponía todo en marcha, un día salí del trabajo y empecé a caminar. Trabajo en el barrio de Les Corts y me fui, en primer lugar, caminando hasta la calle Sepúlveda, en el Eixample de Barcelona, donde habían vivido mis abuelos maternos y tantos recuerdos me traían de mi infancia.
A medida que me iba acercando, un montón de sensaciones me iban invadiendo. Llegué al tramo de la calle donde se encontraba la portería de la que había sido su vivienda y recordé las carreras que hacíamos con mis hermanos para entrar los primeros en el enorme vestíbulo y poder apretar el botón del ascensor. Miré hacia arriba. Era un edificio muy alto y mis abuelos tenían su piso en una de las últimas plantas. Intenté localizar el balcón y me vinieron a la cabeza todas las Cabalgatas de los Reyes Magos que teníamos el privilegio de ver todos los años; como llamábamos a los Reyes, cada uno a su rey preferido (el mío era el rubio). También recordé todos los domingos que íbamos a comer la suculenta paella que hacía mi abuelo y cuando los íbamos a buscar para marchar de vacaciones, que ya estaban preparados cuando llegábamos con un montón de maletas, las cañas de pescar... Todas las Navidades que nos hacían subir a una silla y cantar un villancico o recitar un poema porque, si no, no nos daban dinero para la hucha. Y cuando íbamos por Semana Santa a buscar la Mona de Pascua…
Miré alrededor, por la calle… Era un choque con todo lo que me estaba viniendo a la memoria, porque la calle estaba muy cambiada, no quedaba ninguna de las tiendas donde compraba mi abuela... Pero miraba hacia la esquina y veía venir a mi abuelo, cuando volvía de trabajar. Un contraste de sensaciones. Poco más de veinte años entre los recuerdos que revivía y la realidad actual del barrio.
Con la piel de gallina, pero con una sensación a la vez agradable, seguí caminando. Fui hacia el Mercado de Sant Antoni, donde había ido muchos domingos cuando era pequeña a buscar cromos y cuentos. Y me adentré en el barrio del Raval, buscando la calle Sant Pacià, donde habían vivido mis abuelos paternos. Aquí el paso de los años era mucho más notorio, porque yo hacía mucho que no iba. Dejé de ir cuando murieron mis abuelos, en el momento que empezaban a llegar los primeros inmigrantes. Y ahora notaba la mezcla étnica y la interculturalidad, nueva para mí. A medida que me iba adentrando en las calles, un olor a especies me iba envolviendo. Era extraño, porque pensaba que no notaría lo mismo que había sentido al ir hacia la calle Sepúlveda. Pero llegué a la calle Sant Pacià, localicé el número, miré hacia arriba... y reviví como mi abuela nos saludaba con la mano cada vez que llegábamos toda la familia, siempre pendiente porque siempre acostumbrábamos a llegar a la misma hora, todos los sábados. Me vinieron a la memoria las Navidades, cuando con nuestro abuelo, que siempre habíamos conocido enfermo pero muy fuerte, cantábamos: “¡Queremos turrón, turrón, turrón!”... y no parábamos hasta que nuestra abuela nos traía los turrones y los mazapanes. También me venía a la memoria cuando mi hermana y yo íbamos juntas al lavabo porque el pasillo donde estaba nos daba miedo, y lo rápido que salíamos. Y todas las veces que había ido con mis amigas para que mi abuela, que había sido modista, nos hiciera los disfraces de Carnaval.
En esta calle también miré alrededor, y tampoco vi ninguna de las tiendas donde acompañaba a mi abuela a comprar: ni la bodega, ni la papelería, ni la carnicería. Pero miré hacia arriba, al balcón, y allí estaba, saludando con la mano. Sonreí, y me fui hacia el metro, para poder coger el tren e irme hacia casa.
Unos días más tarde, volví a bajar a Barcelona para ir al barrio donde había vivido hasta no hace muchos años: el barrio de Gràcia. Pero empecé por abajo (yo había vivido en la parte de arriba, en el barrio de la Salut). Fui a la calle Còrsega, calle donde había trabajado mi padre, y reviví todas las veces que le había ido a buscar para subir juntos hasta casa: cuando venía de la biblioteca, de la playa, de quedar con las amigas... Cualquier excusa era buena para irlo a buscar y poder subir juntos hasta casa. Hice el recorrido que acostumbrábamos a hacer. No me pareció tan cambiado porque no hacía mucho que había vivido. Pero los recuerdos sí se remontaban a años atrás, cuando mi padre vivía. Y allí estaba a mi lado, con el pelo blanco, sano y atlético. Llegué hasta nuestra calle, me paré ante la portería, miré hacia la esquina, y me vino el recuerdo de cuando llegaba con el coche, que saludaba con la mano antes de meterse en el garaje. Y todas las veces que salía con mi madre y yo pensaba que se retrasaban demasiado; miraba por la ventana y, cuando los veía venir, me iba rápido hacia la cama: ya podía dormir tranquila. Y todos los aniversarios y Navidades pasados en casa, y las larguísimas charlas que teníamos después de comer, o los fines de semana por la mañana, las últimas celebraciones, una de ellas las Bodas de Plata de mis padres...
Hechas estas visitas a los barrios, con todos los recuerdos muy frescos, a flor de piel, seguí con mi vida y lo que implicaba haber tomado la decisión: visitas al médico, pruebas, analíticas...
El día que volví a sentir estas sensaciones de manera tan intensa estaba en la camilla de la consulta de una clínica. Me estaban haciendo una inseminación artificial. Mientras oía a la doctora y a la enfermera hablar, explicándome como iría todo, me vinieron los recuerdos. Estuve atenta a lo que me decían, me dijeron que me relajara... todo fue muy rápido, y después me dejaron unos quince minutos sola, estirada... Los vi a todos: a mi padre, a mis abuelos paternos y a mis abuelos maternos. Formaban parte de un día muy importante para mí: mi primera inseminación, que ha dado como fruto un embarazo muy deseado.
Ellos no lo han podido ver. No podrán seguir mi embarazo ni ver crecer a mi hija. No están de manera física. Pero sí están en cierta manera, de una forma muy especial. No me considero una persona especialmente religiosa, ni me gustan las cosas esotéricas. Sencillamente, con el paso de los años, los malos recuerdos de las enfermedades y de las muertes de los seres queridos, sea por ley de vida o no, dan paso a todos los recuerdos hermosos vividos, que son muchos. Y en los momentos importantes de la vida, sabes que están allí, contigo, de una manera intensa, a flor de piel, dándote fuerza. 

5 comentaris:

  1. Bonito relato, breve pero con un sentimiento muy profundo

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  2. Molt bó, dificil de trobar relats com aquest avui en día
    Ets una dona molt valenta. Francesc

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    1. Gràcies per les teves paraules, Francesc!

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