dimecres, 9 de març de 2011

Mi amiga ana

- ¡Adiós, hasta mañana! – Y una gran sonrisa en los labios, enseñando unos bonitos dientes postizos con sólo veintiséis años. Los suyos los había perdido por el desgaste que le habían producido los ácidos del estómago.
Cada día lo mismo, la misma rutina. Salir de la agencia de publicidad donde trabajaba, pasear un rato, lo poco que su cuerpo empezaba a aguantar, por el paseo de las tiendas de lujo, soñar un rato despierta, aunque pocos sueños tenía ya a los que agarrarse... Y llegar al infierno de su casa. Durante una época fue un refugio, su paraíso. Ahora era su infierno. Un piso heredado de su abuela, antiguo pero bien conservado, cerca del casco antiguo de la ciudad, de techos altos, chimenea y grandes ventanales.
Ahora vivía sola, pero durante una temporada había vivido con su prima, la alegría de la casa, la alegría de la familia. Guardaba buenos recuerdos de su prima, pero ella también se había cansado. Todos acababan cansándose de ella. Y lo entendía, aunque le dolía. Nunca la habían llegado a entender y a aceptar. Sólo la juzgaban, y ella cada vez se fue distanciando más y más. ¿Por qué no la dejaban tranquila?
Subió las escaleras del edificio a pie, hasta su piso. Nunca utilizaba el ascensor. Uno de sus rituales cotidianos que los otros llamaban manías y vicios y su psiquiatra obsesiones y compulsiones. Todavía seguía yendo al médico, le caía bien. Y él no la juzgaba. Hacía muchos años que hablaban, desde los doce. Había estado en todos sus ingresos y en casi todas sus terapias. Se respetaban mutuamente. Y siempre le venía a la cabeza cuando, en su primer ingreso, la había cogido de la mano y le había dicho:
- Todo irá bien.
No había estado del todo acertado, pero era un gesto que no olvidaba. Sobre todo porque ella era una persona que no le gustaba que la tocasen. Pero aquel gesto de ternura le había llegado al corazón, y no lo olvidaba.
Cuando giraba la calle de su edificio ya empezaba a cerrársele el estómago, pero cuando metía la llave en la cerradura la ansiedad la embargaba. Cada día igual, lo mismo. Abría la puerta, sentía la presencia de su abuela, abría la luz, dejaba su bolso en la sillita del recibidor, se sacaba los zapatos, se lavaba las manos en la cocina con lavavajillas, con mucha dedicación, contando hasta 50; las secaba, abría la nevera, contaba los yogures que le quedaban, se desvestía, ponía la ropa con la ropa sucia... e iba al lavabo. Tenía que vomitar la comida del mediodía. Le gustaría mucho poder no comer al mediodía, era un hecho que le acarreaba descontrol y esto la superaba, pero sabía que entonces perdería el trabajo. Sus compañeros cada vez le hacían más preguntas, pero como comía, aunque fuera poco, la dejaban tranquila, tapaba bocas, por decirlo de alguna manera. No obstante, había rumores, comentarios, pero dirección nunca la había interrogado sobre el tema.
Se duchaba, se ponía el albornoz, se lavaba los dientes mientras movía una pierna: uno, dos, tres, cuatro... contaba hasta veinte. Después movía la otra pierna: uno, dos, tres, cuatro... volvía a contar hasta veinte. Esto lo hacía ocho veces con cada pierna, sin prisa, pero sin pausa. Una vez finalizaba, los dientes ya estaban limpios.
Iba hacia la nevera y se comía un yogur desnatado. Después hacía series de abdominales, hasta que los huesos de las nalgas y de la espalda la hacían llorar de dolor. Nunca se le habían acabado de curar las heridas, porque no había un día que no hiciera abdominales.
Y hacia el ordenador. Últimamente no le gustaba conectarse, no era como antes, como hacía diez años, cuando salieron las primeras y las auténticas páginas pro-ana y pro-mía, hechas por auténticas anoréxicas y bulímicas, las de verdad, las que sabían que nunca se saldrían, porque no lo querían. Las que daban consejos para ir pudiendo convivir con ella, dictaban las normas a seguir, los “thin commandments”, la “thinspiration”, trucos para engañar a padres y médicos... Qué tiempos aquellos, los recordaba con cierta añoranza. Ella había estado en contacto con diversas “comunidades”, eran casi sectas, era consciente, por el aspecto religioso que a veces cogían. Ella misma se había convertido en la más ferviente admiradora de Santa Catalina de Siena, para algunos, no para todo el mundo, la primera anoréxica de la cual se tenían datos.
Había hecho auténticas amigas cibernéticas, eran unas privilegiadas, unas escogidas. Se habían ido separando de las pro-mía, de las bulímicas. A ella en particular le daban asco, todos aquellos atracones, aquellos vómitos de después. Además, las promiscuas eran promiscuas a sus ojos, en todos los aspectos. Y ella buscaba ser pura, lo más pura posible. Sabía que nunca lo llegaría a ser del todo, pero no le importaba morir en el intento.
Pero aquellos tiempos que recordaba con añoranza quedaban muy lejos. Las principales páginas web habían sido vetadas y cerradas. No sabía nada de las chicas que conoció entonces: estarían muertas, o recuperadas, quién sabe. Y ahora sólo encontraba malas imitadoras de aquellas páginas iniciales, que no sabían ni escribir ni sabían lo que se decían. Eran vulgares y patéticas. No tenían ni idea de qué quería decir el estilo de vida anoréxico, de los sacrificios que eran necesarios hacer, que en esto estaban las escogidas, no las niñas estúpidas que se adelgazaban para llamar la atención de sus padres y novios. Hablaban del “orgullo de ser anoréxica” y no sabían ni de lo que hablaban. Que no era ninguna tontería, que si caías en manos de Ana tenía que ser con todas las consecuencias. Ana no te dejaba ir fácilmente...
Una vez revisado el correo se conectaba al Messenger, para hablar con su hermana pequeña, con la única que mantenía el contacto. Pero no se estaba mucho rato, porque acostumbraba a ponerse muy pesada con las preguntas.
Y después de esto, a veces se comía un plátano antes de irse a la cama, pero no siempre; había días que no tenía fuerzas ni para ello. Se metía dentro de la cama y, normalmente, tenía pesadillas, las iba encadenando unas con otras y, entre que ahora me duermo ahora me despierto, ya salía el sol y ya se levantaba. Unos cuantos ejercicios, una ducha, medio vaso de leche descremada, salir del piso, bajar las escalera corriendo e ir caminando hasta el trabajo lo más de prisa que podía. No acostumbraba a correr porque la gente se la quedaba mirando, y no le gustaba; aparte, cada vez se cansaba más. El trabajo no le entusiasmaba, pero le iba bien para mantener el piso y comprarse ropa, que siempre le había gustado, con el añadido que cada vez necesitaba más porque cada vez tenía más frío y tenía que ponerse capas.
Era curioso lo que le pasaba: se miraba en el espejo y se veía como un elefante. Pero iba a las tiendas y muchas chicas la miraban con envidia porque la talla 34 le iba grande. Los médicos ya le habían dicho que no le pasaba nada en la vista, sino que tenía distorsionada la percepción de su cuerpo. A sus ojos, la imagen que le devolvía el espejo y la ropa que tenía en sus manos no concordaban. Y ella era capaz de ver cuándo una chica era delgada. No dejaba de resultar extraño todo esto.
La rutina de entre semana la llevaba bien. El problema lo tenía en los fines de semana, cuando los ataques de ansiedad y de pánico la poseían. Ya se tomaba muy poca medicación, porque pensaba que los medicamentos la hacían ser aún más impura; y los ataques de ansiedad no los había acabado de controlar. El fin de semana no tenía la obligación de ir al trabajo, y no conseguía establecer una rutina del todo. El control que tenía entre semana se desvanecía el fin de semana.
Atrás quedaban los tiempos en los que se podía permitir el lujo de decir que no podía quedar, que no le iba bien, que quizás otro día. Había ido disminuyendo las salidas porque todo implicaba comer alguna cosa, miradas, explicaciones, justificaciones... Se cansaba de buscar excusas, y las amigas se cansaron de ella. Lo mismo le había pasado en las relaciones con los chicos. Y la relación más larga que había llegado a tener la asqueó del todo. El chico insistía e insistía en tener relaciones sexuales y, al principio, sus excusas eran porque no se quería desnudar ante él, pero se le mezclaban con las pocas ganas que ella tenía de hacer el amor. Ella quería ser pura, no quería otros fluidos dentro de su cuerpo, ni sudores, ni salivas... El día que la forzó pensó que no lo podría soportar, que nunca se sacaría aquellos olores de encima, ni aunque se duchara con lejía. Nunca había sentido tanto asco, ni se había sentido tan trozo de carne, ni tan sucia ni impura. Todo el control que sentía que tenía se le había escapado en unos minutos. Además, el sentimiento de culpa la embargaba: ¿Le había provocado? ¿Había sido de esas chicas que dicen que no pero quieren decir sí? ¿Existen, de hecho, estas chicas? ¿Que un “no” no es esto, un no, una negación? ¿Que quizás era sordo o ignorante aquella bestia? No, no lo era. Era un chico universitario de mucho éxito que se había encaprichado de ella. Quizás había formado parte de una apuesta, en definitiva. Pero el hecho es que se había llevado su pureza, se la había arrebatado. Y mucho más se llevó ese personaje, como la poca confianza que le quedaba en las personas en general.
Nunca lo explicó a la familia. No la habrían creído, o le habrían hecho demasiadas preguntas; seguramente habrían creído que se lo inventaba. Su hermana pequeña sí que la habría apoyado, pero nunca se lo explicó; ya había sufrido bastante por ella, y la consideraba demasiado joven para tratar según  que tema. Prefería protegerla de ella, porque era muy madura, pero también muy sensible, y aún vivía en casa, con la madre, y la relación no era muy buena.
La familia... De pequeña tenía bastantes buenos recuerdos, sobre todo de su padre, un hombre que siempre había vivido a la sombra de su dominante madre. Pero ella lo admiraba, y lo había querido mucho. Lo respetaba, porque era muy trabajador y muy buen padre. Pero le daba mucha pena cuando su madre le chillaba y le decía que no servía para nada. Incluso una vez que había tenido un accidente de coche: había llegado tarde a casa, entró por la puerta, y llevaba la camisa blanca ensangrentada, por fuera de los pantalones, con la cara blanca de espanto. Y su madre lo recibió con gritos: por qué no has llamado, qué horas son estas de llegar… Había llegado a odiar a su madre, no sólo por esto y por otros hechos similares a estos, sino por su manera de enfocar su problema. Siempre le estaba obligando a comer: que si come porque das pena, que si no guarrees, que si no cuentes calorías, que si te curaré esta manía tuya de una bofetada... Esto día tras día, año tras año, había hecho que a los dieciocho años se marchara de casa. No había tenido ni el apoyo de su hermana mayor, siempre de parte de su madre, tan egoísta, mentirosa y puñetera:
- ¡Madre, está vomitando otra vez! ¡Es asqueroso! ¡Al final no entraré en el lavabo!
Una gran ayuda, la hermanita; pero era como su madre, clavada a ella.
El día que abrió la puerta para no volver nunca más a esa casa lo recordaba como maravilloso, pero lo vivió con mucho miedo a la vez. Su querida abuela le había dejado su piso en herencia. ¡Habían estado tan unidas! No había podido disfrutar mucho de ella, porque no se entendía con su madre y cuando era más pequeña no se habían podido ver a menudo; pero cuando marchó de casa para ir a su piso mientras ella iba a una residencia se convirtieron en uña y carne. Nunca había podido convencerla que vivieran juntas. Y estaba bien segura que era porque su abuela se veía incapaz de poder vivir de cerca su problema. Era demasiado mayor, y estaba demasiado delicada, y en la residencia sabía que estaría muy bien cuidada. Fueron un año y tres meses maravillosos en cuanto a su relación, hasta que murió. La iba a ver tres tardes a la semana y los fines de semana estaban juntas casi todo el tiempo. Nunca le hacía preguntas, ni la obligaba a comer. Sólo le preguntaba, acariciándole la cara:
- ¿Estás bien, tesoro?
Y ella siempre le decía que sí, aunque fuera mentira. La había sorprendido alguna vez mirándola con lágrimas en los ojos, y no quería entristecerla más, sino que disfrutara del tiempo que le quedaba de vida. Y así fue, o al menos fue su intención.
El día que murió supo que ese vacío y esa tristeza nunca los llenaría nadie. Pero tuvo la esperanza que pronto se volverían a encontrar. Muchos fines de semana los pasaba mirando fotos de la abuela y recordando momentos vividos. A menudo, la salita donde estaba oscurecía: se hacía de noche. Era un vacío muy grande, uno de los muchos vacíos de su vida, que le pesaba tanto como el saber que nunca podría tener hijos y darles el amor que la abuela le había dado. No tendría hijos no sólo porque nunca estaría con ningún hombre, sino porque ya no menstruaba. De pequeña, cuando jugaba con muñecas, era su ilusión: hacerse mayor para tener niños. Esta ilusión se mantuvo viva durante mucho tiempo, y ahora resultaba muy dolorosa, porque nunca se cumpliría. Ella quería ser todo lo contrario de lo que había sido su madre, hacer todo lo que no había hecho con ella, dar todo el amor que nunca había recibido de su madre.
Y así fueron pasando los últimos años de su corta vida: trabajando y viviendo de los recuerdos los fines de semana. A veces tenía vacíos memorísticos, que cada vez iban a más. No recordaba muchas cosas, se quedaba como en blanco, hasta que uno de aquellos fines de semana se hizo la oscuridad. Pero no se había hecho de noche; era diferente. Y despertó en un lugar lleno de luz. Estaban su madre, sus hermanas… ¡y ella! Allí estaba ella, su cuerpo delgado, demacrado... ¿Qué estaba pasando? No estaba soñando, ¿verdad? Su madre estaba llorando. Nunca había llorado ante ella, ni siquiera en sus ingresos hospitalarios.
Ana se la había llevado. Hacía muchos años que estaban juntas, había empezado poco a poco, entrando en su vida y cada vez teniendo más presencia; en las comidas, en los ejercicios físicos, sobre la báscula, ante la taza del váter, en sus relaciones, en sus ingresos hospitalarios... Se habían acabado haciendo inseparables, hasta el punto de ser toda una.
Pero ahora que había encontrado la paz, se preguntaba:
- ¿De verdad eras amiga mía, Ana?

2 comentaris:

  1. pf... una tragedia bastante más común de lo que la gente cree.. una de cada 4 mujeres ha tenido, tiene o tendrá un trastorno alimenticio a lo largo de su vida. Un % brutal, y sin embargo en el día a día pasa tan desapercibido..

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    1. Pues sí... y lo que me parece terrible es que algunos médicos no sean capaces de detectar la enfermedad.
      Gracias por tu comentario!

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